El Dilema entre Solidaridad Social y Egoísmo Individualista
A pesar de las políticas sociales desarrolladas desde la década del 90, persisten las graves diferencias en la distribución del ingreso, en el acceso a la educación de calidad y al reconocimiento social de las minorías, entre otras muchas otras deficiencias.
Por Manuel Gross Osses
Desde su origen mismo en la colonización española, una buena parte de nuestra población estuvo viviendo en el analfabetismo, la no-ciudadanía, la injusticia, la indigencia y el desprecio social en un país gobernado por una pequeña elite poseedora de todos los privilegios.
Esto lleva a que algunos sociólogos hablen de la desigualdad como un rasgo distintivo de nuestras estructuras institucionales, sociales y culturales, lo que ha tratado de aminorarse con las políticas sociales de las últimas cuatro o cinco décadas, exceptuando el período de la dictadura pinochetista cuando la concentración de la riqueza alcanzó dimensiones escandalosas.
La superación la desigualdad es una tarea compleja, porque no solo existen desigualdades en el acceso a determinados recursos materiales y condiciones de vida, sino también, en lo que se refiere a la distribución de capacidades, libertades y estima social. La gravedad de esta situación se demuestra con el conocido estudio del Banco Mundial, que encontró que en una lista de 127 países, Chile ocupa el sexto lugar entre las naciones con mayor desigualdad social.
A pesar de las políticas sociales desarrolladas desde la década del 90, persisten las graves diferencias en la distribución del ingreso, en el acceso a la educación de calidad y al reconocimiento social de las minorías, entre otras muchas otras deficiencias.
Desgraciadamente las clases dominantes han instalado con mucha fuerza la idea de que será principalmente el crecimiento económico el motor que generará mayor desarrollo y como consecuencia una disminución de la pobreza.
Sin embargo, los tecnócratas que predican esta ideología economicista que privilegia por sobre todo el individualismo, la competencia, la rentabilidad y la eficiencia, ocultan la triste realidad visible en otras sociedades más desarrolladas, marcadas por la delincuencia, la drogadicción, la exclusión de las minorías, la alta tasa de suicidios y otras formas de descomposición social, como por ejemplo, la falta de ética en los negocios privados y en la corrupción estatal.
Este camino del egoísmo individualista no es el que debe seguir Chile si queremos seguir siendo un país relativamente homogéneo y respetado en nuestra Latinoamérica.
La escandalosa desigualdad social no se combate con más libertades y rebajas de impuestos para los poderosos, sino con mayor solidaridad social, donde las decisiones de políticas públicas tengan un gran componente de moral y ética progresista que anteponga ante cualquier otra consideración el respeto por la familia y la persona humana, especialmente por los sectores más débiles de la sociedad. Este es el dilema que enfrentamos como país: Humanismo solidario o capitalismo salvaje.
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